
Quizás sea este uno de los momentos mas fatales que le ha tocado vivir a
los grupos opositores en Venezuela, pues su respirar es confuso y
agitado, propio de los derrotados, de los vencidos en todas las batallas
políticas y electorales, e incluso en aquellas donde han aplicado el
terrorismo como esquema de guerra política. Ni siquiera en sus mejores
relámpagos lograron sus cometidos reales, sino que tras cada acción les
viene la frustración; tal como les vino recientemente cuando fueron
derrotados en sus propias guarimbas y barricadas. Eternos vencidos.
Más allá de las nostalgias y frustraciones de la oposición venezolana, hay una verdad que no se puede separar de la realidad. Hagan lo que hagan y lo que quieran, siempre será en vano, porque debe quedar bien claro que la violencia no se entrama de manera natural en la urdimbre de la lucha política y que el mal no siempre vence a los procesos de paz. Por ello hablamos del peor momento que está atravesando la oposición venezolana, carcomida hoy por el odio, por la irracionalidad, por el desprecio a las reglas del juego democrático, el desprecio a la paz y a la solidaridad entre los venezolanos. Ellos, con sus dirigentes malvados e incompetentes propician el odio y la violencia, tal vez tratando de ocultar una amarga verdad: la imposibilidad de lograr el poder a través del juego limpio, expresado en las leyes electorales. La transparencia del poder electoral los asusta.
De allí sus ensayos de muerte, sus guarimbas, sus “salidas”, sus pijamadas, que surten un efecto contrario, que no es otro que el rechazo colectivo de muchos sectores, que ven en esos partidos, en esos dirigentes, en esos pichones de terroristas, el símbolo de lo retorcido y lo detestable. Y como las insignias y los ideales perversos deben ser derrotados, el pueblo mismo se ha encargado de propiciarles sendas derrotas y así detener las bajas pasiones de los grupos opositores. Se entregan al mejor postor.
Tanto puertas adentro como de puertas afuera, la oposición anda a tientas en los sombríos laberintos de la nada. Han quedado en plena oscuridad y en medio de ninguna parte comienzan a lanzar patadas, una por aquí, otra por allá. El caos es total en medio de las sombras, todos fracturados, muchos quejidos, muchas lamentaciones, lloriqueos y suspiros en las noches de terror; pero aun así, el trio malvado integrado por María Lionza, el canillúo y el ojo puyúo, no dejan de clamar por una “salida”. Ese será su eterno llanto, sus eternos lamentos de espíritus malignos; por ello dentro de poco serán desterrados de la política venezolana y luego serán sólo un mal recuerdo para la sociedad. Malvados.
El ocaso de la oposición es parte de ese esquema violento que ellos mismos se trazaron, tal vez producto de las adversas circunstancias políticas que le ha tocado vivir fuera del poder. Los viejos partidos no entendieron que hasta la política tiene que evolucionar y revolucionarse desde adentro.
Más allá de las nostalgias y frustraciones de la oposición venezolana, hay una verdad que no se puede separar de la realidad. Hagan lo que hagan y lo que quieran, siempre será en vano, porque debe quedar bien claro que la violencia no se entrama de manera natural en la urdimbre de la lucha política y que el mal no siempre vence a los procesos de paz. Por ello hablamos del peor momento que está atravesando la oposición venezolana, carcomida hoy por el odio, por la irracionalidad, por el desprecio a las reglas del juego democrático, el desprecio a la paz y a la solidaridad entre los venezolanos. Ellos, con sus dirigentes malvados e incompetentes propician el odio y la violencia, tal vez tratando de ocultar una amarga verdad: la imposibilidad de lograr el poder a través del juego limpio, expresado en las leyes electorales. La transparencia del poder electoral los asusta.
De allí sus ensayos de muerte, sus guarimbas, sus “salidas”, sus pijamadas, que surten un efecto contrario, que no es otro que el rechazo colectivo de muchos sectores, que ven en esos partidos, en esos dirigentes, en esos pichones de terroristas, el símbolo de lo retorcido y lo detestable. Y como las insignias y los ideales perversos deben ser derrotados, el pueblo mismo se ha encargado de propiciarles sendas derrotas y así detener las bajas pasiones de los grupos opositores. Se entregan al mejor postor.
Tanto puertas adentro como de puertas afuera, la oposición anda a tientas en los sombríos laberintos de la nada. Han quedado en plena oscuridad y en medio de ninguna parte comienzan a lanzar patadas, una por aquí, otra por allá. El caos es total en medio de las sombras, todos fracturados, muchos quejidos, muchas lamentaciones, lloriqueos y suspiros en las noches de terror; pero aun así, el trio malvado integrado por María Lionza, el canillúo y el ojo puyúo, no dejan de clamar por una “salida”. Ese será su eterno llanto, sus eternos lamentos de espíritus malignos; por ello dentro de poco serán desterrados de la política venezolana y luego serán sólo un mal recuerdo para la sociedad. Malvados.
El ocaso de la oposición es parte de ese esquema violento que ellos mismos se trazaron, tal vez producto de las adversas circunstancias políticas que le ha tocado vivir fuera del poder. Los viejos partidos no entendieron que hasta la política tiene que evolucionar y revolucionarse desde adentro.
Igualmente, los partidos opositores
nacidos a fines del declive de la democracia puntofijista y otros al
calor de la revolución, como Voluntad Popular, tampoco entendieron los
tiempos y se quedaron entrampados en sus cascarones, siendo adoptados
por los dinosaurios. De allí la mentalidad pre-histórica de hacer
política y entender la democracia. Mientras tanto, la realidad histórica
de los tiempos sigue su curso, marcando y abriendo los surcos de la
nueva sociedad que se quiere construir.
Quien no lo entienda así habrá
perdido el norte de la vida y el sentido de la patria, terminando como
lo opositores, confundidos en los laberintos del odio y en medio de
ninguna parte. El socialismo debe terminar de nacer y consolidarse para
enterrar de una vez por todas el nefasto modelo capitalista que ya luce
moribundo.
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