El Espejo
1 Es urgente que los venezolanos debatamos, democráticamente,
todo cuanto tiene que ver con la estabilidad del orden democrático y
constitucional y las amenazas que en su contra se ciernen. Las razones
son obvias. Cada día, las amenazas son más evidentes, y por si quedara
alguna duda, los acontecimientos de los últimos meses las confirman. Hay
un plan subversivo total, orgánico, en plena ejecución. Que ya ocasionó
trágicos resultados: alteración violenta del orden público, decenas de
muertos y heridos, destrucción de bienes públicos y privados, angustia
en la colectividad. No hay que darle vueltas a cuanto ocurre para
descubrir el propósito que lo impulsa. Responde al objetivo de derrocar
al presidente Maduro y de reinstaurar luego el sistema controlado por la
oligarquía y la funesta estructura partidaria que gobernó por más de
cuatro décadas. En la aventura golpista-terrorista participan el
gobierno de los EEUU -que no oculta su intención-, factores
desnacionalizados de la oposición, grupos económicos y el poder
mediático con activa cobertura, nacional e internacional, con cuanto
estimule la subversión. Pregunta que uno debe hacerse: ¿está el Estado
democrático en capacidad de actuar eficazmente con los actuales recursos
legales que posee para responder la conjura? La pertinencia de la
pregunta está fuera de discusión. La Constitución del 99 fue concebida y
aprobada en un ambiente en el que no se preveían, ni remotamente, las
reacciones que despertaría un gobierno revolucionario, del cual sería su
marco referencial. ¿Desestimaron los constituyentes los intereses
económicos, políticos y transnacionales que se opondría al cambio? La
respuesta a esa interrogante quizá esté en lo que alguien comentó
entonces: que la Carta Magna se elaboró con mentalidad de oposición que
entonces privaba en quienes dirigían el proceso constituyente.
2 No es del todo cierto este juicio, pero es evidente que en el ordenamiento jurídico vigente hay vacíos a la hora de asumir la defensa de la Constitución y la democracia, en especial cuando se enfrenta la amenaza de una conspiración atípica, dada la abundancia de recursos que posee, al apoyo de una potencia inescrupulosa como los EEUU, de una oposición que desprecia el Estado de derecho, y de empresarios resistentes a cualquier cambio. Entonces, ¿qué ocurre? Que lo pautado en la Constitución se incumple. Que se la viola en su nombre. Como es el caso del derecho a manifestar. Por supuesto que se trata de un derecho político fundamental. De un derecho humano. Como tal lo consagra la Constitución en el artículo 68 cuando dice que “los ciudadanos y ciudadanas tienen derecho a manifestar, pacíficamente y sin armas, sin otros requisitos que los que establezca la ley”. Si usted manifiesta pacíficamente, no hay problema; pero si lo hace violentamente, sí lo hay. Ya que su derecho a manifestar no puede vulnerar el derecho del resto de los ciudadanos a no ser perturbados en su actividad diaria y a que sus vidas y propiedades estén expuestas a la violencia. En otras palabras, que mi derecho individual a manifestar no puede socavar el derecho colectivo que, en este caso, es garantía de seguridad para la comunidad. El derecho a manifestar no es absoluto. Lo limitan la propia Constitución y leyes de la República. Es un derecho susceptible de regulación, sin que ello implique que sea cercenado.
3 Más preguntas: ¿Hubo alguna vez en Venezuela un desbordamiento de la violencia política con las características de las ocurridas a partir del 12 de febrero? ¿Son los guarimberos manifestantes pacíficos, respaldados por la Constitución cuando impiden el libre tránsito por calles y autopistas, montan trampas para asesinar motorizados, incendian sedes universitarias y asaltan propiedades públicas? Si el gobierno no hubiera actuado como lo hizo, en algunos casos con tardanza y extrema prudencia, porque no es represor como sostiene la oposición -que lo fue cuando ejerció el gobierno en la IV República-, se habría cumplido el objetivo golpista de derrocar al presidente Maduro, de caotizar el país y provocar una intervención extranjera. De ahí la importancia de debatir el tema. Y voy más allá: de pensar en una enmienda de la Carta Magna -o una ley especial- sobre el tema de la defensa del Estado democrático, establecer disposiciones que preserven y desarrollen su capacidad para actuar ante una subversión como la que el país padece, y ante los preparativos de una nueva ofensiva. O asumimos el desafío con la firme determinación de derrotar al poderoso enemigo o arriesgamos el futuro nacional.
2 No es del todo cierto este juicio, pero es evidente que en el ordenamiento jurídico vigente hay vacíos a la hora de asumir la defensa de la Constitución y la democracia, en especial cuando se enfrenta la amenaza de una conspiración atípica, dada la abundancia de recursos que posee, al apoyo de una potencia inescrupulosa como los EEUU, de una oposición que desprecia el Estado de derecho, y de empresarios resistentes a cualquier cambio. Entonces, ¿qué ocurre? Que lo pautado en la Constitución se incumple. Que se la viola en su nombre. Como es el caso del derecho a manifestar. Por supuesto que se trata de un derecho político fundamental. De un derecho humano. Como tal lo consagra la Constitución en el artículo 68 cuando dice que “los ciudadanos y ciudadanas tienen derecho a manifestar, pacíficamente y sin armas, sin otros requisitos que los que establezca la ley”. Si usted manifiesta pacíficamente, no hay problema; pero si lo hace violentamente, sí lo hay. Ya que su derecho a manifestar no puede vulnerar el derecho del resto de los ciudadanos a no ser perturbados en su actividad diaria y a que sus vidas y propiedades estén expuestas a la violencia. En otras palabras, que mi derecho individual a manifestar no puede socavar el derecho colectivo que, en este caso, es garantía de seguridad para la comunidad. El derecho a manifestar no es absoluto. Lo limitan la propia Constitución y leyes de la República. Es un derecho susceptible de regulación, sin que ello implique que sea cercenado.
3 Más preguntas: ¿Hubo alguna vez en Venezuela un desbordamiento de la violencia política con las características de las ocurridas a partir del 12 de febrero? ¿Son los guarimberos manifestantes pacíficos, respaldados por la Constitución cuando impiden el libre tránsito por calles y autopistas, montan trampas para asesinar motorizados, incendian sedes universitarias y asaltan propiedades públicas? Si el gobierno no hubiera actuado como lo hizo, en algunos casos con tardanza y extrema prudencia, porque no es represor como sostiene la oposición -que lo fue cuando ejerció el gobierno en la IV República-, se habría cumplido el objetivo golpista de derrocar al presidente Maduro, de caotizar el país y provocar una intervención extranjera. De ahí la importancia de debatir el tema. Y voy más allá: de pensar en una enmienda de la Carta Magna -o una ley especial- sobre el tema de la defensa del Estado democrático, establecer disposiciones que preserven y desarrollen su capacidad para actuar ante una subversión como la que el país padece, y ante los preparativos de una nueva ofensiva. O asumimos el desafío con la firme determinación de derrotar al poderoso enemigo o arriesgamos el futuro nacional.
Laberinto
Anatomía de un asesinato Sería muy fácil despachar el caso Otaiza
atribuyendo el horrendo crimen, automáticamente, al hampa. Es decir,
ubicándolo en el contexto de la reseña rutinaria del delito común. Ahí
comienza uno a sospechar. Porque más de una vez la muerte de alguien
con significación, más allá de la actividad que ejerza, fue enmascarada
de esa forma: solo diciendo que fue eliminado por la delincuencia. Y si
a eso se agrega que en el caso Otaiza hubo inusitado interés de parte
de ciertos medios de comunicación que sirven a la oposición, en
atribuirle ese origen el crimen, se justifica que se enciendan las
alarmas. Por ejemplo, ¿por qué varios medios importantes se encadenaron
para divulgar la versión de que los autores del crimen eran
delincuentes? Indagando sobre esa curiosa coincidencia en la difusión
de la noticia, su origen estuvo en la filtración de la misma desde un
organismo policial que investiga…
Pero hay más ¿Qué hacía Otaiza, a altas horas de la noche, en un lugar que no solía frecuentar, donde no había reunión social como se ha dicho? ¿Por qué el ensañamiento? ¿Por qué las torturas que luego pretendieron negar los mismos voceros mediáticos? ¿Por qué fue desnudado como aparece el cadáver en fotos estremecedoras? ¿Acaso es esa la práctica de la delincuencia cuando comete un asesinato o cuando actúa para robar a una persona? Estas situaciones no corresponden a los patrones de la acción delictiva común en el país. Lo cual no quiere decir que hay que descartar esa hipótesis, pero tampoco privilegiarla y desdeñar a priori otras. Y menos precipitarse con una versión no procesada respecto a un hecho grave, con implicaciones impredecibles…
Hoy existe una realidad que los venezolanos tenemos que afrontar. El país está invadido por una variada gama de delitos y de delincuentes. La vecindad con Colombia facilita el trasvase de la carga delictiva que este país acumula -variadas formas y expresiones- a Venezuela. El paramilitarismo, el narcotráfico y otras manifestaciones delictivas generadas por la violencia -como el sicariato-, ya tienen presencia activa en nuestro territorio y contaminan el ambiente. Sus prácticas despreciables se dan a diario. Los falsos positivos, creación de ese contubernio inmoral entre Estado colombiano, delincuencia paramilitar y narcotráfico, tiene incidencia directa entre nosotros. En el fondo, consiste en disfrazar el delito atribuyendo la autoría a quien no es responsable para exonerar a quien sí lo es…
Tengo acceso a mucha información sobre el terrorismo selectivo que los planificadores del “golpe continuado” tienen previsto aplicar en Venezuela. ¿Finalidad? Generar reacciones y provocar la matanza entre venezolanos para caotizar el país. No solo está Uribe detrás: hay otros, tanto fuera como dentro. Con las manos metidas hasta los codos en esa modalidad de terrorismo que lleva tiempo funcionando en el país sin que hayamos tomado conciencia de su gravedad. Mientras, el delito avanza y permea la sociedad y las instituciones.
Pero hay más ¿Qué hacía Otaiza, a altas horas de la noche, en un lugar que no solía frecuentar, donde no había reunión social como se ha dicho? ¿Por qué el ensañamiento? ¿Por qué las torturas que luego pretendieron negar los mismos voceros mediáticos? ¿Por qué fue desnudado como aparece el cadáver en fotos estremecedoras? ¿Acaso es esa la práctica de la delincuencia cuando comete un asesinato o cuando actúa para robar a una persona? Estas situaciones no corresponden a los patrones de la acción delictiva común en el país. Lo cual no quiere decir que hay que descartar esa hipótesis, pero tampoco privilegiarla y desdeñar a priori otras. Y menos precipitarse con una versión no procesada respecto a un hecho grave, con implicaciones impredecibles…
Hoy existe una realidad que los venezolanos tenemos que afrontar. El país está invadido por una variada gama de delitos y de delincuentes. La vecindad con Colombia facilita el trasvase de la carga delictiva que este país acumula -variadas formas y expresiones- a Venezuela. El paramilitarismo, el narcotráfico y otras manifestaciones delictivas generadas por la violencia -como el sicariato-, ya tienen presencia activa en nuestro territorio y contaminan el ambiente. Sus prácticas despreciables se dan a diario. Los falsos positivos, creación de ese contubernio inmoral entre Estado colombiano, delincuencia paramilitar y narcotráfico, tiene incidencia directa entre nosotros. En el fondo, consiste en disfrazar el delito atribuyendo la autoría a quien no es responsable para exonerar a quien sí lo es…
Tengo acceso a mucha información sobre el terrorismo selectivo que los planificadores del “golpe continuado” tienen previsto aplicar en Venezuela. ¿Finalidad? Generar reacciones y provocar la matanza entre venezolanos para caotizar el país. No solo está Uribe detrás: hay otros, tanto fuera como dentro. Con las manos metidas hasta los codos en esa modalidad de terrorismo que lleva tiempo funcionando en el país sin que hayamos tomado conciencia de su gravedad. Mientras, el delito avanza y permea la sociedad y las instituciones.
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